miércoles, 15 de diciembre de 2010

Al mirar atrás, me parece obvio, pero al principio pensé que su confusión era normal y comprensible. No recordaba dónde había dejado las lleves, pero ¿a quién no le ocurre alguna vez? Olvidaba el nombre de un vecino, pero nunca de alguien que conociéramos bien o a quien viéramos con frecuencia. A veces, cuando extendia un cheque, equivocaba el año, pero, nuevamente, a mi me parecia la clase de error que uno comete cuando tiene la cabeza en otra parte.
No empecé a sospechar lo peor hasta que los incidentes se hicieron inequívocos. Una plancha en la heladera, ropa en el lavavajillas, libros en el horno. Y muchas otras cosas. Pero el día que la encontré en el coche, a tres cuadras de casa, llorando sobre el volante porque estaba perdida, me asusté de veras. Y ella también se asustó porque cuando golpeé la ventanilla, se volvió y me dijo: "¡Dios mio! ¿Qué me está pasando? Por favor, ayúdame". Sentí un nudo en el estómago, pero ni siquiera entonces me atreví a sospechar lo peor.
"El cuaderno de Noah", Nicholas Spark

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